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jueves, 29 de julio de 2010
Rodolfo Aicardi

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Rodolfo Aicardi, más vivo que nunca Imprimir E-Mail
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Rodolfo ha muerto. ¡Viva Rodolfo! Su música se oye y vende tanto como antes. Pero él era de contrastes: fiestero cantando; adusto en casa.  Barrio Antioquia y occidente sienten su partida como la de un hermano.

 Por
John Saldarriaga
Medellín

Mariela Montoya describe a Rodolfo: como reservado y melancólico. Sensible: le afectaban los problemas de la gente. Desprendido: a un carpintero le regaló un disco de oro. Y muy pacífico; hasta ella tenía que defenderlo a veces. El Negrito Rub

El barrio Antioquia era una de las casas de Rodolfo Aicardi. Por eso allá lamentan su muerte como si quien partió hubiera sido un hermano, men.

Rubén Darío Restrepo, el Negro, un tipo locuaz y dicharachero, es quien emite esta expresión.

Él mismo casi llora cada que oye los discos de Rodolfo, men. Especialmente los románticos, que grabó con el Sexteto Miramar en el decenio del sesenta. Sufrir. Yo te hice mujer. Ironía. Una tercera persona.

Quien pase por la carrera 65 F con la 24 oye su casa sonar todo el tiempo con música de muchos artistas caribeños y, claro, men, más que nada con la música del magangueño.

Es que su ocupante acompaña la soledad, un hueco hondo que deja su esposa ahora que está en Estados Unidos, con recuerdos del artista.

Éste llegaba de vez en cuando a su taberna La Salsa, ahí, no más diagonal a su casa, en la esquina, la cual, a pesar del nombre, también pone la música de Rodolfo Aicardi y el hombre se quedaba un rato allí hablando con El Negro ratos enteros y bebiendo algún refresco. Porque, sabe qué, men, el cantante de Tabaco y Ron, qué ironía, no tomaba licor. O muy poco.

Le contó que cuando era un muchacho y su música mandaba en los diciembres, quien no fuera al baile con un long play de Rodolfo Aicardi, nuevo o viejito ya, mejor dicho lo devolvían de la puerta, men. De ahí no pasaba.

Baladas

En una de esas visitas del artista, Rubén Darío le expresó su emoción por estar hablando con él allí en persona y de pura confianza le contó una historia: cuando era un muchacho de colegio, men, en plenos años sesenta, enamoró a una chica dedicándole sus canciones románticas; esas que interpretaba con el Sexteto Miramar. Era lo que se oía en la época. Carnaval, por ejemplo. ¡Cuánto recuerda ese tema! Se le pone la piel arrozuda cuando la escucha.

"¡Cuánto añoro volver a oír esas canciones! -Le dijo ese día el tabernero al artista-. Pero esas melodías casi nunca suenan en las emisoras y conseguirlas, pana, conseguirlas en el mercado es muy difícil en estos días".

Rodolfo Aicardi le respondió: "tranquilo, negrito, tranquilo, que en estos días aparezco y te traigo un casete grabado con aquellas canciones".

Y se fue.

"¿Qué se va a acordar Rodolfo de este negrito, men, y menos de lo prometido?"

Se quedó pensando ese hombre que se crió en las calles de Barrio Antioquia. A quien echaron de la casa cuando tenía apenas siete años, por rebelde, men, por rebelde. Y no le quedó más de otra que dormir en los carros de la terminal.

Ese mismo tipo que, andando los tiempos y gracias a la crianza de su abuelo, se compusiera, se diera al trabajo, a conseguir una estabilidad económica trabajando en la USA y aquí. Y que por eso ya es una persona de bien. Melómano y aguardientero. Sí, tomatrago, a pesar de que en la USA una vez estuvo muerto un segundo, que sintió como una eternidad...

Bueno, y quién lo creyera. A los días, intempestivamente como eran todas sus visitas, apareció el Dueño de Diciembre con la cinta.

Y allí mismo, apoyando en la barra, con su puño y letra escribió sobre el casete: Baladas de siempre/ Rodolfo Aicardi/ Abril 13 del 94.

"Es el destino, men".

Esa noche cerró temprano la taberna y vino a disfrutar el regalito. Se tomó una botella de aguardiente y lloró escuchando esa música.

Desde entonces, cuando tiene el alma abotagada de nostalgia, coge el casete, lo escucha en su viejo equipo de sonido en la sala de su casa, destapa una botella de aguardiente y va llorando, oyendo y tomando. El tiempo pasó. Ni taberna tiene. La cinta está gastada y el sonido defectuoso, pero, entre sus mil discos es su mayor tesoro, men.

No fue al entierro, aunque se enteró a tiempo, porque a los amigos se les recuerda en la buena, men. Llenos de vida y con alegría.

"Aquí en barrio Antioquia lo lloramos. Mucha gente extraña a Rodolfo".

Rubén Darío cuenta que en el barrio hay un personaje popular a quien llaman Rodolfito.

Es un gay que ha vivido enamorado del artista. Rodolfo Aicardi era su amor platónico, men.

Cuando suena la música del cantante de Fiesta en mi pueblo, se sitúa al pie de los bafles para escuchar en toda su magnitud esa voz alegre. Y no hay poder humano que lo desconcentre.

Y mucha gente hablaba con él. En las esquinas, en los bares, en la terminal. Porque Rodolfo tenía un don. El de darse a las personas, al pueblo. Y supo manejar ese don. Por eso todo el mundo lo quería, men".

Rodolfo era uno cantando y otro en la casa

Quien oye las canciones de Rodolfo Aicardi se forma la idea de que era un hombre dicharachero y extrovertido. Tan alegre que era capaz de imitar ladridos de perro en algunas canciones; dejar salir risotadas y gritos; saludar a la gente de Urrao, Barranquilla, Medellín, Ecuador...; invitar a bailar ‘¡hasta las seis de la mañana!’, y cantar con ánimo parrandero.

Pedro Muriel, quien grabó la mayoría de sus éxitos en Discos Fuentes, dice que era risueño. Y como en ese tiempo grababan todos los sonidos al tiempo, es decir, instrumentos y voces, producir un disco de Rodolfo con Los Hispanos -o con Los Ídolos, La Sonora Dinamita, la Típica RA7-, era presenciar una fiesta. No paraban de gozar. Por eso, dice Muriel, lograba transmitir tanta alegría. El alborozo no era impostura.

Pues su familia no lo recuerda así. Mariela Montoya, su esposa, dice que era callado y taciturno. En su casa, mientras él estaba, no se encendía un radio. Cuando iban de paseo a su finca en San Carlos no sonaba un canto ni en Diciembre. "Los 24 y 31 atendía compromisos. Otros días de diciembre -recuerda Mariela- su dicha era salir al campo a ver las estrellas. Los hijos debían irse a casas vecinas a bailar". Rodolfo, uno de los cuatro hijos de ese matrimonio, recuerda que si él debía escuchar un disco o casete, lo hacía con audífonos o a muy bajo volumen. Y su mamá dice que nunca cogió una guitarra en la casa ni para entonar un villancico.

En los meses de la enfermedad renal que acabó con su vida el pasado 24 de octubre, ella le pedía que le contara anécdotas para escribir un libro, pero él siempre le decía que después. "¡Se fue con tantos secretos a la tumba! -exclama ella-. Me gustaría que se me apareciera en sueños y me contara lo que nunca me contó". Ahora ella se acompaña la soledad y palia su tristeza oyendo una emisora en que hacen sonar su música con gran frecuencia y hasta tienen un programa vespertino dedicado solo a las canciones de Rodolfo Aicardi.

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